LAS TRES MUJERES SEDIENTAS (2002)

Las tres se sentaron a la orilla del camino, con sus largas faldas
tapando las piernas, a esperar que pasara el sol.
Mas el verano gozaba de derretir calzadas aquí y allá
aún sabiendo de las mujeres sedientas que sacudían los faldones
abanicando inútilmente nalgas calientes de enero y febrero.

Esa tarde Ramona alzó su dedo índice para medir la temperatura
y poco sorprendida, se lo había dicho más de alguna vieja,
vio como se fue derritiendo cual esperma hasta concentrarse en el pliegue
y ya no pudo más chuparse su dedo para probar los sabores
de la mermelada de mora por la que pasó tantas infértiles noches

Luisa comenzó a reír destornillada como un trompo imparable
hasta perder toda compostura de hermana para caer sobre el lado derecho
y luego sobre el izquierdo y rodar como pelota bajo la mirada vengativa
de la sin dedo que no hizo nada cuando llegó a la quebrada y se perdió
cual peñasco sin parar la risa como el agüita que se hace camino al mar

Ya no se ve más que su risa, dijo Mercedes, y volvió a su puesto agitada
temerosa de que el infortunio cayera sobre ella, la menor, y no habló más.
Para no herirla, se quedó muda con los ojos bien abiertos para ver a
su hermana, la que le quedaba, la que se volvió sorda, la que no escuchó
los gritos de la gente a su espalda -¡Aquí! ¡Tenemos agua!

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