SÓLO UNA NOCHE (2001)

Tenía sueño. Su modorra comenzaba en su columna, una línea en curva que pese a los esfuerzos empleados por el maestro de yudo, no conseguía poner recta. Simulaba una caparazón, tersa sin duda por la juventud, pero irrefutablemente inútil. La columna, signo de humanidad, se había convertido en un estorbo para el sonámbulo de Aníbal.

Me sentía torpe, intentaba darle movilidad a mis brazos fláccidos, que no encontraban donde apoyar sus manos. Hasta que vino él y me tendió un vaso con bebida. El líquido oscuro, burbujeante, me hizo cosquillas en la nariz. Mal signo, me dije, porque nunca he podido soportar esa corriente eléctrica. La que incluso dejo escapar en la mirada, situación que me hace intimidar a quien se posa en mí más de medio minuto. Pienso entonces que han visto la disparidad entre uno y otro, a causa de la precoz miopía. Pese al maquillaje, a mi feroz insistencia por abrir la cuenca, no consigo más que giren hacia otro lado la cabeza, temerosos de que mi atenta quietud se deba a mi curiosidad por acecharlos y descubrirles algún secretillo. Incautos, cuando la calle se atropella de sus historias, pretender culparme llamándome boquita de tarro.

Imagina entonces mi pasmo cuando Aníbal sentado en su silla, volteó y dirigió su mirada a mi cara, a estos ojos que han mantenido a raya mi amor por él, por cuatro años, no porque me sienta incapaz de seducirlo, sino porque hay alguien, hay una que ya es su pareja, Marcela, su novia. Quiero que me escuches, que no opines como sueles hacerlo. Hay una cuestión que debemos resolver. Marcela ha terminado conmigo, me ha dicho que desea darse un tiempo para ella, para su trabajo. Le está yendo muy bien en la radio y cree que casarse es una responsabilidad que aún no quiere asumir. Me ama, sin embargo, y tal vez, más adelante podamos hacer nuestra vida juntos.

Eso me dijo, lentamente, como si las palabras se le atropellarán tal como el e-mail en que ella se lo comunicó. Hace dos noches, claro, el día de su cumpleaños, permaneció en casa, aguardando que ella lo llamara, que salieran, que se dieran un largo beso, pero en cambio, recibió un e-mail, un breve correo de despedida, de adiós, que él no admitía, que trataba de analizar en su mente atiborrada de estudio y trabajo. Cómo haría para pagar las cuentas, si su papá se había marchado a vivir con Ximena. Cuándo lavaría si tenía que preparar sus trabajos y estudiar para las pruebas de la universidad. Y más, su perro estaba enfermo, desconocía si de un virus o algo leve, mas se venía deteriorando día tras día, sin hallar un momento para asistirlo como había hecho tantas veces, partiendo de cuando lo encontró en la calle, a una cuadra de su casa.

Mi alegría incontrolable se tradujo en el temblor de mi labio, quería abrazarlo, confortarlo con mi cariño y fidelidad. Sabía que no podía ser otra cosa que un nuevo amor lo que había llevado a Marcela a tomar esa decisión absurda, renunciar a casarse un mes antes de la boda. Parecía un maleficio, una venganza del género, de todas las mujeres que habían sufrido lo mismo, el abandono. No quería apoderarme de sus sueños, y darle los míos. Así que dejé que mi cuerpo se acercara y le diera protección como se abraza a un niño. Y lloró.

Primero imperceptiblemente, luego como un gemido hasta que comencé a sentir mojada mi mejilla derecha. Tenía ahora todo su peso en mí, su dolor de hombre, su desamor en mis brazos. Le acaricié el pelo y resistí su peso por varios minutos hasta que inevitablemente mis lágrimas se mezclaron con las suyas. Ese fue el inicio de lo demás.

El atardecer acogió gustoso nuestra mutua declaración de amor. No fue un asunto de besos y caricias, sino algo más íntimo, una complicidad de espíritus que habían estado muy próximos por años y que ahora se revelaban su afecto. Que paz, que quietud me arrobaba, me coloreaba las mejillas y me volvía hermosa a sus ojos. Tanto que había eclipsado su pena. Yo, la vieja amiga estaba ahora en el escalafón de las mujeres, las que tienen derecho a una palabra de amor y a una caricia.

Me arrullé en su hombro y me confié a los sentimientos que nos embargaban. Fue una noche estrellada, repleta de confesiones, de proyectos. Confiada presumí de nuestra amistad, lazo indisoluble que nos unió en alegrías y tristezas compartidas. Hablé de su compañía, de su lealtad y alegría. Dibujamos un concierto de melodías tantas veces soñadas. El había olvidado la desilusión yo, la soledad. Fue una noche feliz.

Detenerme en ella sería ahondar en un abismo, que he querido soslayar hasta ahora que escribo esta carta. Que seguramente no enviaré, no haré llegar ni a él, ni a ella, ni a sus hijos. Cómo ocurrió. No lo sé. Pasaron dos días y telefoneó. Hay un problema. Tenemos que resolverlo juntos. Tiene dudas, me había dicho, aparentes dudas, que en su conversación se convierten en afirmaciones taxativas. Ella ha vuelto, espera un hijo. Busca un padre. El la ama, con esa profundidad que da la oración, con fe y piedad.

Dios sabrá si las resoluciones tomadas fueron las correctas. Mi alma se aturdió, así que tuve que permitir que hablara la razón. Me despedí, del amigo y del incipiente amor. Me crucé de brazos y no permití que me besara. Tenía muchos compromisos lejos de su compañía. El primero, conmigo.

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